viernes, 8 de abril de 2011

Pelirroja judía con mal carácter


Hacía mucho tiempo que no la veía así. La luz entraba por la rendija de la ventana y había un color anaranjado que cubría todo el cuerpo de la chica. En ese momento recordó lo que le enamoró de ella: su pelo rojizo como el fuego, sus ojos azules como el cielo, su mal carácter con el que chocaba siempre,… El olor del desayuno british del vecino de al lado empezó a entrar a la habitación y al chico se le hizo la boca agua.  Llevaba mucho tiempo sin oler esa olor. Ya no vivía con su familia, se había escapado para ser “feliz” y estar con la persona a la que más amaba. Lo había abandonado todo. Estaba viviendo en el desván de casa de la chica de la que estaba locamente enamorado en aquella Inglaterra de los años 60. “Sexo, drogas y rock and roll” pensó la primera vez que se escapó de casa para ver a los Rolling. Después de eso, conoció a aquella judía con ganas de ser actriz y salir con algún cantante. Él no era nada de eso. Pero no le molestaba, era feliz a su lado y así se sentía ella. Lo amaba con todo su corazón y eso era lo importante. No podía dejar de escuchar su respiración. Si lo hacía, se moría. Era como un grito del más allá que se ahogaba cada vez que la chica cogía aire y lo soltaba. Por dentro sonaba una vocecita que le decía: “ey, tú, sigues vivo” y se relajaba. La quería. Le daba igual lo que pensaran sus padres. Ya era mayorcito y podía decidir lo qué quería ser en la vida y cómo la quería vivir. “Has de ir a la Universidad y ser ingeniero o algo de provecho el día de mañana” le decía su padre. “Tienes que estudiar medicina y ser un gran médico que le cure la vida a miles de ingleses” le decía su madre, enfermera reprimida después de la guerra. ¿De verdad quería seguir los pasos de sus padres? ¿Querría acabar como ellos?